Vivendo
nelle odierne città sudamericane, siamo lontanissimi dalle atmosfere da
siesta beata e dal profumo di jalapeños che aleggiano dietro a troppi
paesaggi letterari sudamericani. In passato, gli scrittori
latinoamericani si sentivano obbligati a lasciare i loro paesi d'origine
per riuscire a scrivere della loro terra. Non cercavano solamente
libertà politiche ma anche nutrimento culturale. Da espatriati hanno
tanto idealizzato il loro paese da evocare un mondo che non è mai
realmente esistito. Mi sento completamente a mio agio a descrivere il
mondo che ho attorno seduto alla mia scrivania a Santiago del Cile. Un
mondo che mi arriva attraverso la televisione, la radio, Internet e il
cinema e che rielaboro nei miei romanzi. I miei romanzi latinoamericani.
dall'introduzione
all'antologia "McOndo"

Alberto
Fuguet
I film della mia vita
Prólogo
libro McOndo
(una anotología de nueva literatura
hispanoamericana)
Ed. Gijalbo-Mondadori/Barcelona 1996
Presentación del País McOndo
Por Alberto Fuguet & Sergio Gómez,
editores
Esta anécdota es real:
Un joven escritor latinoamericano obtiene
una beca para participar en el International Writer´s Workshop de la
Universidad de Iowa, suerte de hermano mayor cosmopolita del afamado
Writer´s Workshop de la misma universidad, algo así como la más
importante fábrica/taller de nuevos escritores norteamericanos.
El escritor rápidamente se da cuenta que lo latino está hot (como
dicen allá) y que tanto el departamento de español, como los
suplementos literarios yanquis, están embalados con el tema. En el cine
del pueblo Como agua para chocolate arrasa con la taquilla. Para qué
hablar de las estanterías de las librerías, atestadas de "sabrosas"
novelas escritas por gente cuyos apellidos son indudablemente hispanos,
aunque algunos incluso escriban en inglés.
Tal es la locura latina que el editor de una prestigiosa revista
literaria se da cuenta que, a cuadras de su oficina, en pleno campus,
deambulan tres jóvenes escritores latinoamericanos. El señor se
presenta y, sin más ni más, establece un literary-lunch semanal en la
cafetería que mira el río. La idea, dice, es armar un número especial
de su prestigiosa revista literaria centrado en el fenómeno latino. Los
tres jóvenes (bueno, no tan jóvenes) quedan relativamente extasiados.
Se dan cuenta que, sin esfuerzo ni contacto alguno, van a ser publicados
en "América" y en inglés. Y sólo por ser latinos, por
escribir en español, por haber nacido en Latinoamérica, ese
"pueblo al sur de los Estados Unidos", como sentenció el
grupo rock Los Prisioneros.
Las cosas agarran prisa y el programa de escritores contacta a gente del
departamento de lenguas y arman un taller de traducción. Antes que
termine el semestre, los cuentos y trozos de novelas de los tres latinos
son entregados al ávido editor. Los otros participantes extranjeros,
algunos bastante más establecidos y añosos que los codiciados
latin-boys, observan atónitos y asumen que quizás el lugar es el
adecuado pero el momento definitivamente no. Adiós a los asiáticos y
los centroeuropeos. Welcome all Hispanics.
Pues bien, el editor lee los textos hispanos y rechaza dos. Los que
desecha poseen el estigma de "carecer de realismo mágico".
Los dos marginados creen escuchar mal y juran entender que sus escritos
son poco verosímiles, que no se estructuran. Pero no, el rechazo va por
faltar al sagrado código del realismo mágico. El editor despacha la
polémica arguyendo que esos textos "bien pudieron ser escritos en
cualquier país del Primer Mundo".
Esta anécdota es, como dijimos, real aunque los nombres y las
nacionalidades fueron omitidas para proteger a los inocentes. Creemos,
además, que ilustra el conmovedor grado de ingenuidad de ambas partes
interesadas.
Para dejar un registro histórico: ese día, en medio de la planicie del
medioeste, surgió McOndo. Su inspiración más cercana es otro libro:
Cuentos con Walkman (Editorial Planeta, Santiago de Chile, 1993), una
antología de nuevos escritores chilenos (todos menores de 25 años),
que irrumpió ante los lectores con la fuerza de un recital punk. Ese
libro, que ya lleva más de diez mil ejemplares vendidos sólo en el
territorio chileno, fue compilado por nosotros dos a partir de los
trabajos de los jóvenes que asistían a los talleres literarios que
ofrecía la Zona de Contacto, un suplemento literario-juvenil que
aparece todos los viernes en el diario El Mercurio de Santiago. Como
dice la franja que anuncia la cuarta edición, la moral walkman es
"una nueva generación literaria que es post-todo: post-modernismo,
post-yuppie, post-comunismo, post-babyboom, post-capa de ozono. Aquí no
hay realismo mágico, hay realismo virtual".
David Toscana, representante de México en Iowa, leyó el libro y tuvo
la idea de armar un Cuentos con Walkman internacional. Aceptamos el
desafío y decidimos, a diferencia del primero, incluirnos en el libro.
Quizás no hay excusas pero aquí estamos. Ya que íbamos a estar
detrás, por qué no adentro también.
Aunque por momentos sentimos que no
íbamos a ninguna parte, al final llegamos a la meta. Como todo libro
que vale, McOndo es incompleto, parcial y arbitrario. No representa sino
a sus participantes y ni siquiera. Es nuestra idea, nuestro volón.
Sabemos que muchos leerán este libro como una tratado generacional o
como un manifiesto. No alcanza para tanto. Seremos pretenciosos, pero no
tenemos esas pretensiones.
Como en todo acto creativo, lo más entretenido (y agotador) fue
coordinar y encontrar a los autores que cabían dentro del canon
preestablecido. El primer desafío de muchos fue conseguir una editorial
que confiara en nosotros, nos convidara infraestructura y redes de
comunicación y, por sobre todo, nos asegurara una distribución por
toda Hispanoamérica para así tratar de borrar las fronteras, que
hicieron de esta antología no sólo una recopilación sino un viaje de
descubrimiento y conquista. No fue fácil puesto que tuvimos que
atravesar una maraña de burocracia y mala fe, además de erradas
ideologías de distribución, increíbles aranceles y simple desidia. En
todas las capitales latinoamericanas uno puede encontrar los
best-sellers del momento o autores traducidos en España, pero ni hablar
de autores iberoamericanos. Simplemente no llegan. No hay interés.
Recién ahora algunas editoriales se están dando cuenta que eso de
escribir en un mismo idioma aumenta el mercado y no lo reduce. Si uno es
un escritor latinoamericano y desea estar tanto en las librerías de
Quito, La Paz y San Juan hay que publicar (y ojalá vivir) en Madrid.
Cruzar la frontera implica atravesar el Atlántico.
Como en toda antología que se precie de tal, la elección de quienes
participan en este libro es dudosa, antojadiza y teñida del favoritismo
que se le tiene a los amigos. En McOndo hay mucho de esto; no podía ser
de otra manera.
A pesar de las maravillas de la comunicación, el país desde donde
surge esta antología sigue estando entre el cerro y el mar. La
comunicación con el exterior, por lo tanto, fue difícil, atrasada,
escasa, y surgió a un ritmo más lento del que esperábamos. Los
contactos existían, pero más a nivel de amistad en países como
Argentina, España y México. El resto del continente era territorio
desconocido, virgen. No conocíamos a nadie. Llegamos a pensar que
América Latina era un invento de los departamentos de español de las
universidades norteamericanas. Salimos a conquistar McOndo y sólo
descubrimos Macondo. Estábamos en serios problemas. Los árboles de la
selva no nos dejaban ver la punta de los rascacielos.
No conocíamos siquiera un nombre en muchos de los países convocados.
Nos topamos con panoramas como que los libros de ciertas estrellas
literarias no estaban disponibles en el país fronterizo. Los
suplementos literarios de cada una de las capitales no tenían ni idea
de quienes eran sus autores locales. Podíamos escribir en el mismo
idioma, tener la misma edad y las antenas conectadas, pero aún así no
teníamos idea quiénes éramos.
Cuando decidimos lanzar nuestras señales de humo recurrimos a todo lo
imaginable: amigos, enemigos, corresponsales extranjeros, editores,
periodistas, críticos, rockeros en gira, auxiliares de vuelo,
mochileros que salían de vacaciones. Recurrimos al fax, a DHL, a la
incipiente Internet. Apostamos por el correo tradicional (estampillas
con la cara de próceres muertos) y el correo electrónico (bits, no
átomos) y abusamos del teléfono (usamos discado directo, cambiamos
varias veces de carrier dependiendo de las ofertas del mes y nos
aprendimos todos los códigos de los países).
Poco a poco, comenzó a aparecer eso que sabíamos que existía, aunque
estaba oculto en auto-publicaciones de segunda o ediciones de pocos
ejemplares. De alguna manera comprobamos que el fenómeno editorial
joven en Latinoamérica es irregular, a veces mezquino y en la mayoría
de los casos, sufrido. La mayoría de los textos que recibimos eran
ediciones feas, publicadas con esfuerzo y con poca resonancia entre sus
pares.
El criterio de selección entonces se centró en autores con al menos
una publicación existente y algo de reconocimiento local. Esta opción
algo severa descalificó a ciertos autores y países de un brochazo.
Exigimos, además, cuentos inéditos. Podían versar sobre cualquier
cosa. Tal como se puede inferir, todo rastro de realismo mágico fue
castigado con el rechazo, algo así como una venganza de lo ocurrido en
Iowa.
El gran tema de la identidad latinoamericana (¿quienes somos?) pareció
dejar paso al tema de la identidad personal (¿quién soy?). Los cuentos
de McOndo se centran en realidades individuales y privadas. Suponemos
que ésta es una de las herencias de la fiebre privatizadora mundial.
Nos arriesgamos a señalar esto último como un signo de la literatura
joven hispanoamericana, y una entrada para la lectura de este libro.
Pareciera, al releer estos cuentos, que estos escritores se preocuparan
menos de su contingencia pública y estuvieran retirados desde hace
tiempo a sus cuarteles personales. No son frescos sociales ni sagas
colectivas. Si hace unos años la disyuntiva del escritor joven estaba
entre tomar el lápiz o la carabina, ahora parece que lo más
angustiante para escribir es elegir entre Windows 95 o Macintosh.
La decisión final tuvo que ver con los gustos de los editores y la
editorial, además de las presiones de ciertos agentes
|
literarios, la
cambiante geopolítica (nos tocó guerras y relaciones diplomáticas
tensas), el azar de los contactos y eso que se llama suerte. Hay autores vagando por el continente y la península que tuvimos que
rechazar porque ya teníamos muchos representantes de ese país
(Argentina, México, España) o porque la demanda excedió la oferta.
Otros autores representativos están ausentes porque no pudieron llegar
a tiempo, estaban bloqueados o no tenían nada que ofrecer. Existen,
por cierto, muchos países que faltan y deberían estar presentes.
Hicimos lo posible. Reconocemos nuestra incapacidad. A lo mejor sí
debimos viajar por cada uno de los países pero no tuvimos ni el
presupuesto ni el tiempo. Quizás confiamos demasiado en las embajadas y
en los agregados culturales que, dicho sea de paso, fueron incapaces de
ayudarnos. Una embajada dijo que sólo había poetas en su país (lo que
resultó ser falso) y en otra nos aseguraron que el autor más joven de
su territorio era un chico de 48 años que, para más remate, era
inédito.
No nos cabe duda que cuando este libro se edite, vamos a encontrarnos
con la ingrata sorpresa de que un autor McOndiano está dando mucho que
hablar y ni siquiera sabíamos que existía. Son los riesgos que uno
corre. Casi todos los autores aquí incluidos son absolutos desconocidos
fuera de su país. Y muchos son apenas conocidos en su propia casa. Así
y todo, pensamos que la muestra es grande, variada y comulga
absolutamente con nuestro criterio de selección.
Sabemos que hay carencias y errores, pero también hay aciertos y
sorpresas. estamos consientes de la presencia femenina en el libro.
¿Por qué? Quizás esto se debe al desconocimiento de los editores y a
los pocos libros de escritoras hispanoamericanas que recibimos. De todas
maneras, dejamos constancia que en ningún momento pensamos en la ley de
las compensaciones sólo para no quedar mal con nadie.
Optamos por establecer una fecha de nacimiento para nuestros autores que
nos sirviera de colador y acotara una experiencia en común. Nos
decidimos por una fecha que fuera desde 1959 (que coincide con la
siempre recurrida revolución cubana) a 1962 (que en Chile y en otros
países, es el año en que llega la televisión). La mayoría, sin
embargo, nacieron algún tiempo después.
Otra cosa en que nos fijamos: todos los escritores recolectados han
publicado antes de los treinta con un relativo éxito. Han creado
polémicas, revueltas y exageraciones críticas con lo que escriben.
Sobre el título de este volumen de
cuentos no valen dobles interpretaciones. Puede ser considerado una
ironía irreverente al arcángel San Gabriel, como también un merecido
tributo. Más bien, la idea del título tiene algo de llamado de
atención a la mirada que se tiene de lo latinoamericano. No
desconocemos lo exótico y variopinta de la cultura y costumbres de
nuestros países, pero no es posible aceptar los esencialismos
reduccionistas, y creer que aquí todo el mundo anda con sombrero y vive
en árboles. Lo anterior vale para lo que se escribe hoy en el gran
país McOndo, con temas y estilos variados, y muchos más cercano al
concepto de aldea global o mega red.
El nombre (¿marca-registrada?) McOndo es, claro, un chiste, una sátira,
una talla. Nuestro McOndo es tan latinoamericano y mágico (exótico)
como el Macondo real (que, a todo ésto, no es real sino virtual).
Nuestro país McOndo es más grande, sobrepoblado y lleno de
contaminación, con autopistas, metro, tv-cable y barriadas. En McOndo
hay McDonald´s, computadores Mac y condominios, amén de hoteles cinco
estrellas construidos con dinero lavado y malls gigantescos.
En nuestro McOndo, tal como en Macondo, todo puede pasar, claro que en
el nuestro cuando la gente vuela es porque anda en avión o están muy
drogados. Latinoamérica, y de alguna manera Hispanoamérica (España y
todo el USA latino) nos parece tan realista mágico (surrealista, loco,
contradictorio, alucinante) como el país imaginario donde la gente se
eleva o predice el futuro y los hombres viven eternamente. Acá los
dictadores mueren y los desaparecidos no retornan. El clima cambia, los
ríos se salen, la tierra tiembla y Don Francisco coloniza nuestros
inconscientes.
Existe un sector de la academia y de la intelligentsia ambulante que
quieren venderle al mundo no sólo un paraíso ecológico (¿el smog de
Santiago?) sino una tierra de paz (¿Bogotá?, ¿Lima?). Los más
ortodoxos creen que lo latinoamericano es lo indígena, lo folklórico,
lo izquierdista. Nuestros creadores culturales sería gente que usa
poncho y ojotas. Mereces Sosa sería latinoamericana, pero Pimpinela,
no. ¿Y lo bastardo, lo híbrido? Para nosotros, el Chapulín Colorado,
Ricky Martin, Selena, Julio Iglesias y las telenovelas (o culebrones)
son tan latinoamericanas como el candombe o el vallenato.
Hispanoamérica está lleno de material exótico para seguir bailando al
son de El cóndor pasa o Ellas bailan solas de Sting. Temerle a la
cultura bastarda es negar nuestro propio mestizaje. Latinoamérica es el
teatro Colón de Buenos Aires y MacchuPichu, Siempre en Domingo y
Magneto, Soda Stereo y Verónica Castro, Lucho Gatica, Gardel y
Cantinflas, el Festival de Viña y el Festival de Cine de La Habana, es
Puig y Cortázar, Onetti y Corín Tellado, la revista Vuelta y los
tabloides sensacionalistas.
Latinoamérica es, irremediablemente, MTV latina, aquel alucinante
consenso, ese flujo que coloniza nuestra conciencia a través del cable,
y que se está convirtiendo en el mejor ejemplo del sueño bolivariano
cumplido, más concreto y eficaz a la hora de hablar de unión que
cientos de tratados o foros internacionales. De paso, digamos que McOndo
es MTV latina, pero en papel y letras de molde.
Y seguimos: Latinoamérica es Televisa, es Miami, son las repúblicas
bananeras y Borges y el Comandante Marcos y CNN en español y el Nafta y
Mercosur y la deuda externa.
Vender un continente rural cuando, la verdad de las cosas, es urbano (más
allá que sus sobrepobladas ciudades son un caos y no funcionen) nos
parece aberrante, cómodo e inmoral.
El trasfondo tras la ilusión del realismo mágico para la exportación
(que tiene mucho de cálculo) lo aclara el poeta chileno Oscar Hahn en
una introducción a una antología de cuentos ad-hoc:
"Cuando en 1492 Cristóbal Colón
desembarcó en tierras de América fue recibido con gran alborozo y
veneración por los isleños, que creyeron ver en él a un enviado
celestial. Realizados los ritos de posesión en nombre de Dios y de la
corona española, procedió a congraciarse con los indígenas,
repartiéndoles vidrios de colores para su solaz y deslumbramiento. Casi
quinientos años después, los descendientes de esos remotos americanos
decidieron retribuir la gentileza del Almirante y entregaron al público
internacional otros vidrios de colores para su solaz y deslumbramiento:
el realismo mágico. Es decir, ese tipo de relato que transforma los
prodigios y maravillas en fenómenos cotidianos y que pone a la misma
altura la levitación y el cepillado de dientes, los viajes de
ultratumba y las excursiones al campo".
Lo que nosotros queremos ofrecerle al
público internacional son cuentos distintos, más aterrizados si se
quiere, de un grupo de nuevos escritores hispanoamericanos que escriben
en español, pero que no se sienten representantes de alguna ideología
y ni siquiera de sus propios países. Aun así, son intrínsecamente
hispanoamericanos. Tiene ese prisma, esa forma de situarse en el mundo.
En estos cuentos hay mas cepillado de dientes y excursiones al campo (bueno,
al departamento o al centro comercial) que levitaciones, pero pensamos
que se viaja igual.
Los autores incluidos en McOndo son, como ya lo hemos reiterado (y
lamentado) levemente conocidos en sus respectivos países. Esto tiene su
lado positivo puesto que no tienen una reputación internacional que
proteger. No sienten, como escribió el crítico David Gallagher en el
suplemento literario TLS de Londres, "la necesidad de sumergirse en
las aguas de lo políticamente-correcto. Puesto que no tienen la ventaja
de vivir afuera, difícilmente sabrían qué elementos usar para
escribir una novela políticamente correcta".
Es cierto que no todos los autores antologados viven dentro de sus
países (aunque muchos tienen la intención de regresar y pronto); aún
así, estos escritores han producido textos que fueron escritos desde el
interior para lectores internos. Como bien acota Gallagher,
refiriéndose específicamente al caso de Chile, "no le están
escribiendo a una galería internacional, por lo tanto, no tienen que
mantener el status-quo del estereotipo de cómo debe o no debe ser el
retrato (de Hispanoamérica) para la exportación".
España, en tanto, está presente porque nos sentimos muy cercanos a
ciertos escritores, películas y a una estética que sale de la
península que ahora es europea, pero que ya no es la madre patria. Los
textos españoles no poseen ni toros ni sevillanas ni guerra civil, lo
que es una bendición. Los nuevos autores españoles no sólo son parte
de la hermandad cósmica sino son primos muy cercanos, que a lo mejor
pueden hablar raro (de hecho, todos hablan raro y usan palabras y jergas
particulares) pero están en la mismo sintonía.
La pregunta que inició la búsqueda de
este libro fue si estábamos en presencia de algo nuevo, de una nueva
literatura o de una nueva perspectiva para ver la literatura. Pregunta
que parece ser el afán de toda nueva horneada de escritores. Las
respuestas después de tener el libro terminado fueron sólo dudas. Como
es típico, lo más interesante, novedoso y original no está en la
primera línea del mercado y aún menos entre el oficialismo literario.
El verdadero afán de McOndo fue armar un red, ver si teníamos pares y
comprobar que no estábamos tan solos en ésto. Lo otro era tratar de
ayudar a promocionar y dar a conocer a voces perdidas no por antiguas o
pasadas de moda, sino justamente por no responder a los cánones
establecidos y legitimados.
Comprobamos que cada escritor ha elegido el camino que más le acomodaba,
con los temas que consideraba más adecuados. ¿Trabajo inútil entonces?
Creemos que no: debajo de la heterogeneidad algo parece unir a todos
estos escritores, y a toda a una generación de adultos recientes. El
mundo se empequeñeció y compartimos una cultura bastarda similar, que
nos ha hermanado irremediablemente sin buscarlo. Hemos crecido pegados a
los mismos programas de la televisión, admirado las mismas películas y
leído todo lo que se merece leer, en una sincronía digna de
considerarse mágica. Todo esto trae, evidentemente, una similar postura
ante la literatura y el compartir campos de referencias unificadores.
Esta realidad no es gratuita. Capaz que sea hasta mágica.
Santiago de Chile,
marzo
1996 |